miércoles, 1 de julio de 2009

Frío

Tiene las manos curtidas.
Y no es por el trabajo: siempre usó más su mente que su cuerpo.
Las tiene cortajeadas.
Es comprensible, en esta época del año, en la que el frío lastima la piel.
Pero como todos saben, el peor invierno es el del alma.
Ese frío que viene de adentro y cala muy hondo.
Ella no está acostumbrada a los cambios de estación, menos a los más bruscos.
Y este invierno llegó por sorpresa, sin previo aviso.
Llegó para quedarse. Obligándola a pensar cómo hacer para pasarlo sin demasiadas marcas.
Cómo superarlo sin que las heridas se marquen en la piel.
Sin psicomatizar.
Sin que su cuerpo se transforme en el estigma de un alma dolida.
Esa que hace efímeros momentos se jactaba de ser la más feliz.
Cambios.
Existen por naturaleza, pero su naturaleza parecía no soportarlos.
Y el calor de un verano tan cercano se volvía lejano a cada segundo.
Comprimiéndose, ahogándose, extinguiéndose en el hueco de un pecho que se iba enfriando lentamente.
Lenta pero irreversiblemente.
¿Para siempre?
No depende ya de esas manos, demasiado lastimadas para forjar por sí mismas, y solas, un devenir mejor.
Esa fuerza que antes la elevaba, comenzó a apagarse.
Colapsó en el ocaso de un verano ya lejano.
Una energía latente, pulsante, que quedó relegada en cada uno de los tajos de esas manos curtidas. Que se unen, y esperan.
Esperan ese milagro que les devuelva el calor, y las llene.
Como antes.
Como nunca.